En el año 132 de nuestra era se terminó el Muro de Adriano, levantado por los romanos en medio de Gran Bretaña para defenderse de las belicosas tribus que vivían más al norte, en lo que hoy es Escocia. Y les contuvo relativamente durante 250 años, porque los bárbaros lo traspasaron hasta en tres ocasiones.
En 383 la situación se hizo insostenible y las legiones romanas lo abandonaron. El Muro de Adriano recorría 117 kilómetros, el que ha levantado Estados Unidos en su frontera con México, más de 900 kilómetros. Y hay otros, como la barrera entre Israel con Cisjordania, la Zona desmilitarizada de Corea, el muro levantado por Marruecos en el Sára Occidental -el más largo, con una longitud superior a los 2.720 kilómetros- o incluso la valla de Melilla con Marruecos. Y, ya en el recuerdo está el Muro de Berlín, que cayó en 1989.
De un modo u otro, todas esas contenciones se construyeron para mantener a los ‘bárbaros’ al otro lado, y ninguna fue suficiente, porque todas ellas sufrieron asaltos en reiteradas ocasiones y al final cayeron. Alguien dijo una vez que las fortificaciones son monumentos a la estupidez humana, y tal vez tenía razón.
Para no ser una persona paciente he tenido que aprender a esperar demasiadas veces y durante más tiempo del que hubiera deseado. La falta de paciencia es uno de los rasgos definitorios de nuestra era, y en mi caso, además de mi personalidad.
El budismo considera la paciencia (kshanti) una de las prácticas para llegar a la perfección, y en el cristianismo es una virtud. El Libro de los Proverbios dice que, con paciencia, “una lengua suave puede romper un hueso”. Etimológicamente, la palabra viene del latín ‘pati’ (sufrir), por eso, a quien está en hospitalización se le llama ‘paciente’, ‘quien sufre’. La falta de paciencia es la impaciencia, pero su antítesis es la ira.
La ira supone una descarga de energía destructiva, es una manera de conjurar una frustración. Es necesaria como vía de escape, pero si no se controla provoca conflictos de impredecible peligro para las personas. Pone a prueba la convivencia y se aleja de la razón. Pero hasta cierto punto puede ser necesaria también, aquí y ahora.
«Antes de juzgarlos [a los marcianos] con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente no tan sólo a especies animales, como el bisonte y el dodo, sino razas humanas culturalmente inferiores. Los tasmanienses, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia en una guerra exterminadora de cincuenta años, que emprendieron los inmigrantes europeos. ¿Somos tan grandes apóstoles de misericordia que tengamos derecho a quejarnos porque los marcianos combatieran con ese mismo espíritu?», H.G. Wells, ‘La guerra de los mundos’ (1898).
¿Cuál es la importancia de los datos personales? De tus amigos hay muchas cosas que no sabes, de algunos ni su apellido, ¡y no por eso les aprecias menos! A veces descubres cosas de ellos que no te gustan -y las redes sociales son un buen lugar para eso- y, aún así, intentas no tenerlas en cuenta y seguir queriéndoles igual. Porque sabes que tú tampoco eres perfecto.
Pero, hay personas que crean sistemas con el objetivo de saberlo todo sobre todo el mundo, aunque nadie les importa en realidad. Es un objetivo tan absurdo como ambicioso. ¿Eres tú acaso un conjunto de datos sin conclusión? ¿Quién quiere tu radiografía?, saber lo que llevas dentro. Y, ¿qué espera venderte? Si no intuyes la trampa, es que te faltan datos.
Cuán rotundo se alza el silencio entre los pasillos, estancias y demás recovecos. Paseo pensativo discerniendo coordenadas que me porten al lugar donde todo es absencia y olvido.
La galaxia a alcance, no hay un lejano rincón al que no pueda llegar cuando floto ingrávido a bordo de mi nave estelar.
A veces pensar en silencio lo es todo, lo necesito para seguir viviendo, para alcanzar las metas. O al menos para avanzar por el camino. La concentración vence a la distracción, que parece mucho más atractiva. Es fácil dejarse llevar, permitir que el tiempo pase sin llegar a ninguna parte.
No os permito entrar en mi mente cuando necesito ordenar mis ideas, dar forma a mis pensamientos, reunir mis fuerzas y volver inquebrantable mi voluntad. En momentos así lo que busco es el aislamiento. En todos los demás, que son la mayoría, me podéis confundir, atraversar mi coraza y despistar como queráis. Soy moldeable.
En 1954, nueve años después de que Japón sufriese los primeros y únicos bombardeos atómicos de la historia se estrenó la película ‘Godzilla’, que en España se tituló ‘Japón bajo el terror del monstruo’. En la larguísima saga subsiguiente, este ser tanto ha sumido al país en el caos como lo ha salvado de otros ‘kaiju’ (monstruos).
Godzilla, una especie de dinosaurio surgido a partir de unas pruebas nucleares, con increíbles poderes y radioactivo en sí mismo, nunca ha tenido un papel asignado de benefactor o malhechor, ha sido las dos cosas. Pero, al menos sirvió para conjurar el pavor que provocó la destrucción de la guerra. ¿Qué nuevo talismán deberemos imaginar en el futuro?, me pregunto.
Los déspotas que azotan el Mundo en cada época nunca se anuncian como tales, hay que interpretar las señales que van dejando mientras todo va sucediendo, esperar a verlo en retrospectiva no es útil porque entonces la masacre ya está consumada.
Y, aunque vale la pena recordar que ninguna potencia es inocente, las posiciones deben quedar claras cuando se analiza quién ataca y quién defiende, así como qué se ataca y qué se defiende. No lo negaré, no es posible alcanzar una plena confirmación, hay que decidir pronto y firmemente, antes de que alguien nos pinte una diana en la espalda.
Adolf Hitler -dictador, responsable del desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto judío- fue candidato a recibir el Premio Nóbel de la Paz en 1938. Benito Mussolini y Josef Stalin, también estuvieron a punto de conseguir el galardón. Igual que Vladimir Putin en 2020. Mientras que Mahatma Gandhi -pensador, pacifista y líder de la desobediencia civil no violenta en la India- jamás fue sugerido como aspirante. Para que veáis qué rastro de mierda puede dejar la Historia.
La imaginación siempre ha sido para mi un muro y al mismo tiempo un refugio. Un muro porque me ha ayudado a discernir entre realidad y fantasía, aunque sean conceptos que realmente son más útiles para sobrellevar el día a día que el reflejo de dos mundos diferenciados. Es decir, la barrera es nuestra y puesta ahí como marca o recordatorio. Nada más.
Y, en cuanto a la consideración como refugio, es vital esa vertiente. Porque adentrarme en la fértil selva de la imaginación siempre me ha ayudado a soportar mejor aspectos de la realidad que me afectan y no puedo controlar. Todo aquello que no me gusta parece quedar atrás, al menos durante el tiempo en que me sumerjo en ensoñaciones, espejismos, ilusiones, utopías y quimeras.
¡Qué atolondradamente feliz me siento en el momento en que mi mente vuela! Son como drogas naturales, cataplasmas que me pongo encima antes de que se disuelva mi caparazón de quitina. No sé si vivo, duermo, alucino o sueño. Pero sí sé que lo necesito por encima de todo, porque es un destello que durante unos momentos ciega ante mis ojos lo peor del Mundo. Es una fuente que espero que nunca se seque. Es al mismo tiempo fuego y agua, intenta imaginarlo.
«El que tiene imaginación, con qué facilidad saca de la nada un mundo». Gustavo Adolfo Bécquer, poeta del siglo XIX.