Los fugitivos no descansan

¡Cuán duro es escapar!,
el corazón se les ahoga
entre hondas emociones.
Los órganos suspenden
siempre sus funciones
como los malos cómicos
que no devuelven el dinero,
esos payasos que tienen
siempre una historia
triste que contar,
que son capaces
aunque no lo saben,
aunque no lo afirman,
de al menos un momento
de absoluta genialidad.

Corren a todas horas,
saltan y escapan
describiendo en el aire
desgarbadas cabriolas.
Se buscan con la mirada
y nunca se encuentran
por los oscuros rincones
de la bulliciosa foresta.
La pista es de ceniza
o de goma neumática
marcada en la lengua
de asfalto que hablan.

Esa jerga de suicidas
a la que los que huyen
se agarran con fuerza.
Piensan que les lleva,
dicen que les sirve,
que la usan de puente,
de paso obligado
a algún punto no marcado
donde negar la identidad,
donde decir que son otros,
donde nadie les señalará
pero donde tampoco podrán
descansar ni un segundo.

¡Cuán duro es escapar!
el maquillaje no oculta
a todas horas la decepción,
el corazón palpita
en cada breve ocasión
durante la persecución,
la inquietud de mil días.
El placer de eludir,
de obrar a escondidas,
nunca es cómodo
cuando lo llegan a sentir.

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