Solarnita

La enorme ilusión por crear no siempre se ve compensada con el suficiente talento como para que las obras sean perdurables en la memoria del público, más aún, para que éste desee siquiera conocerlas. Y eso es injusto, porque la sola intención avalada por el esfuerzo debiera ser suficiente para admitir y reconocer a un artista. Pero no, aún falta la chispa de la genialidad, y no siempre salta.

Por otro lado, también hemos conocido en la vida numerosos potenciales mal orientados o quizá mal nutridos del espíritu necesario para que lleguen a buen puerto. Sensibilidades sin formación, estallidos de energía que se ahogan faltos del tesón necesario para continuar con el impulso original. Cuánta promesa incumplida y cuántas vidas desaprovechadas, que a veces incluso desconocían su poder.

Y cuántas leyendas consagradas se han visto relegadas al olvido porque no han sabido encajar la fama o mantenerse dentro del área iluminada por los focos. Cuántas carreras prometedoras pero efímeras, a veces ahogadas en alcohol y drogas. O bien, simplemente faltas de adaptación. Lo que ayer valía y atraía al público es ahora la causa de que ni les miren. Perdieron la atención que habían cosechado como estrellas rutilantes, quizá para siempre.

La gran cuestión que plantea ‘Ed Wood’ (1994) es, ¿debemos continuar intentando alcanzar nuestras metas incluso cuando comprobamos que la principal razón de que no lleguemos a ellas somos nosotros mismos? Es decir, que no se consiguen a causa de nuestra actitud errónea o de nuestras escasas capacidades. Tal vez escogimos mal, o bien, lo que queremos es demasiado complejo, quizá imposible…

Dónde poner el acento

He pensado mucho en ello a lo largo de los años. Sobre lo que cada persona puede considerar un objetivo y sobre cómo podemos determinar que nos alejamos o acercamos a ellos. Hasta me he planteado si en realidad deberíamos tener aspiraciones, o si nos transformamos en seres fatuos y pretenciosos cuando queremos llegar a algo concreto entre tanta incertidumbre.

Luchamos contra nosotros mismos en todas las pugnas, antes que contra cualquier contrincante, y lo hacemos de la forma más despiadada. La competición se hace especialmente nihilista y extenuante cuando queremos gobernar pequeñas parcelas o la totalidad de un mundo que un día desaparecerá al ser bombardeado con solarnita por unos extraterrestres… Al menos eso es lo que dice el Plan 9.

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