El horror de la guerra moderna

A finales de noviembre de 1916, hace ahora poco más de un siglo, terminó la Batalla del Somme (Francia), una de las mayores carnicerías de la I Guerra Mundial, que costó algo más de un millón de vidas entre ambos bandos y puso de manifiesto que las armas modernas no se podían usar con las viejas tácticas decimonónicas.

Y, para romper el frente después de meses de estancamiento, en el Somme se utilizaron tanques por primera vez en la historia. Pensados inicialmente para salvar obstáculos como trincheras, zanjas, cráteres de explosiones y alambradas, y para que los soldados se protegiesen tras ellos de las ametralladoras enemigas mientras avanzaban, se acabaron convirtiendo en parte del nuevo horror del Siglo XX.

Ahora se está experimentando con drones, misiles hipersónicos y distintas aplicaciones de la robótica para la guerra, además de las armas nucleares, que nunca se fueron. Ya no es ciencia ficción. ¿Sería mucho pedir que el ser humano supere su estupidez natural y dé un nuevo paso evolutivo que destierre de una vez por todas el conflicto y el ansia por verter la sangre ajena? Si no, el horror de una guerra moderna volverá a ser inconcebible.

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