Protección de testigos

Últimamente nadie quiere hacer lo que venía haciendo ni permanecer en su sitio, cualquiera a quien preguntes preferiría estar en otra parte haciendo otra cosa, quizá incluso oculto tras una nueva identidad, como si participase en un programa de protección de testigos.

Esa manera de transitar me parece que es el más claro signo delator de cómo vivimos nuestro tiempo, en este presente que ya era extraño antes de que viniese a explicitarlo la pandemia. Con esta turba de incertidumbre que va adquiriendo, según el día y vete a saber qué designios, distintos tonos y niveles de gravedad.

A mi todo esto me recuerda a un cierto personaje muy secundario de la película ‘Amanece, que no es poco’ (1989), cuya única misión es -las dos o tres veces que aparece- abordar a alguien que se le cruza e implorarle «te cambio mi papel». Y, quién no accedería, si ambos hubiesen de hallar con ello el sosiego y el confort anhelados.

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