Antes de subir al bus

Cuando una persona nace tiene unos atributos físicos que incluyen unos genitales, y que generalmente determinan cuál será su género, aunque algunas culturas contemplan hasta cinco. Pero nunca su sexualidad, que es una cuestión de percepción del propio individuo, y además puede evolucionar durante su vida.

Pienso que lo que determina nuestra sexualidad es lo que deseamos y no lo que somos, o también, aquello con lo que nos identificamos. Por eso, lo importante no es que una persona sea de un género o una inclinación sexual u otra, eso no le hará mejor o peor. Hay otros rasgos que sí son exigibles en una sociedad avanzada: altruismo, humildad, generosidad, empatía, compasión, honradez, sabiduría, tolerancia y prudencia.

No es en vano

«Desde el momento en que los invasores aparecieron, respiraron nuestro aire, comieron y bebieron, estuvieron condenados. Tras fracasar las armas y los recursos del hombre, fueron reducidos, destruidos, por las criaturas más diminutas que Dios, en su sabiduría puso sobre la Tierra. Mil millones de muertos hicieron al hombre acreedor a su inmunidad, al derecho de sobrevivir entre los infinitos organismos de este planeta. Y ese derecho es nuestro, ante cualquier adversario, pués el hombre no vive ni muere en vano», H.G. Wells, ‘La guerra de los mundos’ (1898).

Ambición de califas

Este es el mapa político de la Península Ibérica en 732, hace 1.290 años la cosa estaba así: más del 90% de España, el 100% de Portugal y parte del sur de Francia formaban el Califato de Córdoba.

Ese fue el momento de máximo esplendor de Al-Ándalus, que es ahora reclamada por los islamistas, que la recuerdan como una tierra paradisíaca que se le arrebató por la fuerza al Islam en 1492. Para ellos, es una «herida sangrante» aunque hayan pasado 530 años desde su derrota.

En 2001, en su primer video después de los atentados del 11-S, Osama Bin Laden proclamó: «que el mundo entero sepa que no permitiremos que la tragedia de Al-Ándalus vuelva a repetirse en Palestina«. Según prevé el yihadismo, la Península Ibérica se incorporará al Califato Islámico, que también llamamos ISIS.

¿Qué son las fronteras? Líneas delimitadoras que existen desde que hay mapas -antes podían ser accidentes geográficos como ríos o cordilleras- y que se mueven constantemente. Las disputas territoriales, unas veces por orgullo patrio absurdo y otras por un afán rapiñero de recursos, continúan como si ya en pleno siglo XXI nunca hubiésemos deseado un futuro más justo y pacífico.

Resistencia al cambio

Siempre que hay un cambio en una organización, y una sociedad lo es, existe una resistencia. Y es normal, los cambios dan miedo porque esconden mucha incertidumbre. ¿Quién quiere los cambios?, quien no tiene nada que perder y quien sabe que tiene mucho que ganar. Y estamos en un momento de cambios, basta con echar una rápida ojeada al mundo para entenderlo.

Ahora vienen importantes novedades en nuestro statu quo y van a afectar a nuestra vida cotidiana. Es difícil anticiparlos y quizá debemos acostumbrarnos a no perder de vista cómo evolucionan los acontecimientos sin confiar en alcanzar una estabilidad total, más allá de en momentos concretos. Vamos, que el futuro no será tranquilo, pero igualmente lo habrá.

Sin garras y sin fauces

Es la vida un camino angosto y tortuoso
que recorro entre esperanzas y promesas.
Lucho con vehemencia y esa elegancia
que rezuman todas las causas perdidas.

No hay meta visible al final del recorrido
pero sí recodos con todo lujo de peligros.
Lucho con vehemencia y gran ignorancia
y me ahorro ver qué cerca estoy de caer.

Cada paso es eterno por el agotamiento
pero no renuncio a mi cuota de martirio.
Lucho con vehemencia e impaciencia
que es condición para seguir en la lucha.

La muerte siempre ronda impertinente
a toda hora me señala su presencia.
Pero, a pesar de eso, lucho y lucho
derrochando la más feroz resistencia.

Y, aunque carezco de garras y fauces
y sólo puedo esgrimir ante la amenaza
mi voluntad infinita como afilado sable
nunca es tarde para luchar hasta el final.

Aproximación a Washington

«Dentro de los próximos días», me dijo, y recuerdo que puntuó sus comentarios lentos y deliberados golpeando el escritorio con el puño, «van a explotar y vas a tener la madre de todos los avistamientos de ovnis. El avistamiento se producirá en Washington o Nueva York”, pronosticó, “probablemente en Washington”.

La tendencia en los informes OVNI en los que este científico basó su predicción no había pasado desapercibida. Nosotros en el Proyecto Libro Azul lo hemos visto, al igual que la gente del Pentágono; todos habíamos hablado de eso.

El 10 de julio, la tripulación de un avión de National Airlines informó de una luz «demasiado brillante para ser un globo iluminado y demasiado lenta para ser un gran meteorito» mientras volaban hacia el sur a 2.000 pies cerca de Quantico, Virginia, justo al sur de Washington.

El 13 de julio, la tripulación de otro avión informó que cuando estaban a 60 millas al suroeste de Washington, a 11.000 pies, vieron una luz debajo de ellos. Llegó hasta ellos, se mantuvo a la izquierda durante varios minutos y luego despegó en un ascenso rápido y empinado cuando el piloto encendió las luces de aterrizaje.

El 14 de julio, la tripulación de un avión de Pan American en ruta de Nueva York a Miami informó de ocho ovnis cerca de Newport News, Virginia, a unas 130 millas al sur de Washington.

Dos noches después hubo otro avistamiento exactamente en la misma zona pero desde tierra.

Edward J. Rupplet, ‘El informe sobre objetos voladores no identificados’ (1956)

Kippel

Nunca he sido la persona extremadamente ordenada que alguna vez he imaginado. El problema es que nuestro mundo, del modo en que se comporta, no me ayuda a conseguir la plena rectitud. Hay demasiadas distorsiones, objetos repetidos, mal catalogados, caminos que se cortan abruptamente; hay ganchos estirados y clavos rizados. Hay palabras interrumpidas y dichas a destiempo.

Mis manos tocan al cabo del día demasiados objetos a los que nunca podría encontrar una utilidad, aunque fueron vendidos como de primera necesidad. Me rodean grandes cadenas de aminoácidos mal colocados, retorcidos imaginativamente. Las líneas de las superficies están mal trazadas y no las puedo continuar, me falta sabiduría para descubrir las juntas entre las piezas de un magnífico puzzle irracional.

Sueño con un último despertar en el orden más absoluto, todo a mi alrededor desfilando marcialmente: mismo tamaño, paso apretado, ímpetu renovado, todo sincronizado por tambores. ¡Qué comodidad la medida precisa, la recta finita y el peso calculado! Entonces la ciencia exacta me seduce, es atractivo pensar que todo encuentra su sitio y momento.

Otras veces me veo tranquilo inmerso en el caos, que es donde son más difíciles de templar los nervios. Y esa calma paradógicamente me ayuda a concentrarme, a ordenar mis pensamientos. Y siempre me sobran algunos, ideas que no sé dónde poner, y esas son sin duda las semillas del próximo desorden.

Prohibiciones bizarras

Nunca en toda mi vida había asistido a tan tremendo aluvión de prohibiciones extrañas y absurdas. Recuerdo que de niño no faltaban bares en mi barrio con un cartel que decía: ‘Prohibido cantar y entrar sin camisa’, y eso pudo ser un claro anticipo de lo que muchos años después se nos vendría encima, pero no lo supe ver.

Ya de mayor, me maravillaba contando los distintos diseños de letreros para prohibir la entrada, generalmente a boutiques, de clientes que circunstancialmente en ese momento estuviesen comiendo un helado. Podía ser de una, dos o tres bolas, o incluso de esos que se inyectan, pero siempre con cucurucho. Al menos según la silueta que se enmarcaba en el disco de prohibición.

Más tarde pudimos ver a un fantasma encerrado en un cartel de prohibido, cuando estrenaron aquel taquillazo de Hollywood de los ’80. Y, ya en época internet, me divertí más de una vez leyendo las bizarras prohibiciones que recogían leyes de todo el mundo, como que en una ciudad de EE.UU. está prohibido caminar hacia atrás después de la puesta de sol, o que en Francia está prohibido ponerle a un cerdo el nombre de ‘Napoleón’… Y también besarse en las estaciones de tren, ¡aunque sea el país de l’amour!

Pero, nada de todo eso me ha preparado para el rosario de prohibiciones, restricciones, estreñimientos y amenazas varias al que estamos asistiendo actualmente a cuenta de la pandemia. Lo que las hace más lamentables son las contradicciones en que incurren -porque las alejan de la sensatez en la que se supone que se basan-, pero también la velocidad estroboscópica a la que cambian -llegando a veces a solaparse- y su carácter frecuentemente efímero, porque a veces solo tienen 15 días de recorrido. Así, es difícil mantenerse al día de lo que está prohibido en cada momento, y eso deberíamos considerarlo un derecho conculcado.

¿Qué efecto está teniendo todo esto en nuestra psique y por lo tanto en nuestro comportamiento? Para empezar yo diría que estamos encadenando neurosis que vete a saber en qué desembocarán. Y, la parte más visible, una creciente anomia -no ‘anemia’, aunque se parezca- que tiene como consecuencia que cada quien adapta las prohibiciones a su realidad y las relativiza.

Porque, en los huecos que se van abriendo entre unas y otras prohibiciones reside ahora la libertad del individuo, que ha sido malévolamente atacada por las autoridades al tachar de ‘insolidarios’ todos los comportamientos que no sean incondicionalmente obedientes, o ‘responsables’ como les gusta decir; siendo estos términos usados de una forma tan cansina e insiduosa que ya están dados de sí y desvirtuados.

Bizarras o no, las prohibiciones serán a partir de ahora cada vez más difícilmente aplicables, explicables, justificables y, por supuesto, acatables. Sortearlas se convertirá en pasatiempo, luego en deporte y, para gente como yo, en una obligación moral.

(Escrito el 21/03/2021, en plena pandemia del coronavirus COVID-19).

Civitas

Durante millones de años, los seres humanos fuimos cazadores-recolectores, sólo nos asentamos para desarrollar la agricultura, no queríamos depender de lo que nos encontráramos por el camino sino garantizarnos un flujo constante de alimentos, que aprendimos a cocinar y a conservar.

Creamos la ganadería, la pesca, la minería y un rosario de oficios, desde la alfarería al curtido de pieles. Creamos el trueque y más tarde el comercio, para intercambiar excedentes por necesidades, ya fuesen bienes o servicios.

Con la tontería, la cosa fue creciendo, de la organización familiar pasamos a la tribal y, de ahí, a los reinos y los imperios. Más tarde, inventamos la república y la democracia, y colonizamos e industrializamos el mundo.

Convertimos los pueblos en ciudades, desarrollamos la arquitectura y la ingeniería, y construimos murallas, templos, hogares; y, después, plazas, hospitales y universidades. Y, también, puentes, canalizaciones de agua, redes eléctricas, de telefonía y de datos.

El politeísmo dio paso al monoteísmo y éste al ateísmo, el analfabetismo a la Ilustración, la superstición a la ciencia, el curanderismo a la medicina. Inventamos los medios de transporte, del carromato al reactor. Inventamos la imprenta, que dio paso al fax, y éste a la impresora, y ésta al email y éste a las aplicaciones de mensajería y las redes sociales.

Las máquinas dieron lugar a las computadoras, las fronteras se flexibilizaron posibilitando la globalización y el turismo, que al final acabarán con el Mundo. Eso si no lo hace antes nuestra particular colección de guerras, con millones de muertos, y de las que aparentemente no aprendimos nada. Pero por el camino fuimos amasando conocimiento…

Ahora están cambiando los hábitos, nos abrimos a nuevas experiencias y ampliamos nuestra conciencia, miramos a nuestro alrededor, al espacio profundo y al núcleo del átomo. Nos seguimos preguntando las mismas cosas de siempre, aunque de un modo más preciso.

Pero, hay un factor arcaico que permanece incólume: “lo que es mío es mío, y no lo quiero compartir”. Un bebé de meses ya actúa así. El egoísmo ancestral no permite el paso al bien común. Aún nos falta un ‘click’, o dos. Preparémonos para un nuevo salto evolutivo, y para asistir a un cambio de civilización.